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Debraye Editorial

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Topic: Fantasmas del Pasado
Nueva York, 1987



Llega de nuevo la noche. Una nueva ciudad. Me he instalado al sur de Long Island, cerca de Green Street. Se trata de un pequeño estudio de dos plantas rodeado de grandes y viejos edificios. En mis horas diurnas de sueño, la ciudad misma me contagia de una especie de energía que se cuela hasta mi oscuro sótano: los acordes estridentes de la música electrónica, el llanto de las sirenas que se alejan en la calle, los miles de aparatos eléctricos, con sus curiosos e imperceptibles sonidillos. Todos esos pensamientos difusos, flotando lentamente a mí alrededor.

Han llamado apenas cae el ocaso. La voz nerviosa de mi contacto proporciona una imagen clara del lugar y hora del encuentro. Miro el reloj sobre la mesita de la cama, mientras me invade la misma ansiedad que, al igual que todas las noches, me seduce a robar indignamente mi única fuente de vida: el tibio latido de un corazón humano, la delicia de un cuerpo violento cargado de odio, llenándome de maldiciones. Hasta el último forcejeo me parece maravilloso, hasta la última gota merece el dolor y la pena.

Afuera, una ligera niebla cubre los techos de los edificios cercanos al río. Mientras me deslizo por una de esas escaleras plegables tan ingeniosas, contemplo los espacios realmente pequeños de estos seres extraños entre los propios mortales. Por que no existe otra ciudad como ésta, con su fría urbanidad, con su mezcla de culturas. Hay cierta magia en el ambiente, en los barrios populares. Es tan vulgar como misterioso, y se percibe en la mirada de los que ahí habitan: es la certeza del extremo de las pasiones mundanas, el maravilloso auge de la humanidad, las perversiones. Decadencia.

Con un pequeño impulso logro llegar a lo alto del edificio, y emprendo camino con rumbo al sur, hacia un pequeño barrio en Maspeth, donde mi objetivo duerme placidamente.

Los ductos de ventilación aportan sin duda un camuflaje extra: mientras me permito saltar libremente de un techo a otro, cubro las distancias corriendo por los filos escarpados de los muros, trepando hábilmente las terrazas con la velocidad de mi pensamiento. Me sentía cual bestia salvaje, siguiendo el rastro de la víctima. Podía incluso captar su aroma a cientos de metros. Le encontré efectivamente dormido, con la ventana entreabierta y su cuerpo desnudo, cubierto por un ligero baño de sudor caliente, un rostro mestizo roncando sonoramente sobre el vientre de una voluptuosa mujer latina.
Oct 23, 2007
4:36 PM
(parte 2)
Penetré lentamente la habitación de un noveno piso, cuidando de no hacer ruido. La mujer emitió un pequeño suspiro, inmersa en un sueño profundo, a pesar del sonoro motor humano sobre sí. El hombre en cambio había despertado de improvisto, sus pequeños ojos me miraban con asombro.

Tentó la superficie bajo la cama, al tiempo que lanzaba alaridos de ayuda. Un reflejo fugaz me advirtió del peligro inminente: apenas unos segundos después me lanzaba contra el techo, justo sobre la cama, apoyando las cuatro exterminadas y adherida por la fuerza de los dedos. El arma en sus manos descargaba furia en un tiroteo desesperado, y yo me disponía a ganar tiempo, errando los disparos en espera que terminara el cartucho.

Cuando capté el inconfundible sonido del cañón, me precipité sobre su prominente figura, sintiendo sus huesos romper cuando caí con extraordinaria fuerza sobre su cuerpo; la sangre caliente empapaba los suaves pechos de la mujer, que gritaba con fuerza presa del pánico. Me aseguré de que aquél infeliz moriría: mordí su cuello en incontables sitios, desgarrando la carne, engullendo en grandes sorbos el terror de sus ojos. Sentí el delirio de la maldad fusionándose con mi carne inerte, y de pronto un golpe seco: otros mortales estaban forzando la puerta; furiosos lanzaban disparos a la cerradura, la cual cedió después de pocos intentos.

Rodee a la mujer con el hombro y halé su rostro violentamente. Antes de que pudiera emitir otro sonido, su cuello estaba también destrozado. Corrí hacia la ventana, justo cuando la puerta fue abierta por el tumulto. Dos de ellos traían armas muy largas, y dispararon antes de que me lanzara al vacío: el calor ardiente del metal dentro de mi pecho, el dolor me nublaba los ojos. Al caer hice añicos un auto, y minúsculos cristales penetraron cada centímetro de mi piel.

Contuve la respiración e intenté incorporarme desesperada. Mis movimientos eran torpes y lentos, pero debía abandonar el lugar inmediatamente, antes que los amables anfitriones bajaran a mi encuentro para rematarme. Al internarme en las calles oscuras, noté la sangre emanando de dos considerables heridas: una situada en mi costado derecho, debajo del pecho. La otra había rozado la piel del muslo izquierdo, desgarrando ambos la tela plastificada de mi traje elástico. Continuamente vestía así para salir de cacería: un simple atuendo de corte completo que envuelve el cuerpo en látex negro, un par de botas altas y una útil canana de piel negra con varios compartimientos dispersos a lo largo de las caderas.

Tenía que recuperar la sangre perdida. Mis heridas curaban dolorosamente al ejercerse la horrenda magia que mantiene mi cuerpo en este estado. Me apoyé en un sucio deposito de basura, sintiendo el dolor desde dentro hacia fuera. Mis dedos palmaron el primero de los orificios, (que era pequeño en comparación a los efectos expansivos en mis entrañas) contuve el llanto en mis ojos inyectados con sangre, y lentamente penetré la carne en busca del trozo metálico que causaba la agonía: era como si una fuerza invisible extendiera su mano y me ofreciera el pequeño culpable. Los tejidos sanaban, la sangre coagulada cubría mi rostro, mis manos. Debía encontrar un mortal de inmediato, debía beber para endurecer de nuevo mis huesos molidos por la caída.
Oct 23, 2007
4:38 PM
(3 parte)
Encontré un hombre maduro, durmiendo al fondo del callejón. Mis sentidos vampíricos alcanzaron a reconocer el hedor a alcohol, marihuana y orín. <>, pensé. Instantes después hundía mis pequeños colmillos en la sucia muñeca, bebí lentamente para disfrutar el cálido abrazo de su vida en mi interior. El hombre no parecía notar la intromisión, aunque yo era en extremo silenciosa. Sus pensamientos difusos extraían información errónea de diversos sitios en su mente, entonces me envolvió el sopor de su sangre cargada de químicos; una sensación similar a estar ebrio, pero aun mas interesante.

Emprendí el camino de regreso a Green Street, aunque esta vez crucé las calles bañada por una ligera lluvia, el frío me recorría la espalda cuando trepé de nuevo la descolorida pared de concreto. Crucé el jardín de un apartamento en el primer piso, y doblé la esquina hasta mi estudio. Al posar la llave dentro sentí un alivio, y pasé el resto de la noche vociferando al teléfono:

-Esta noche me han tendido una emboscada,- dije indignada con un inglés poco respetuoso a mi contacto en la ciudad, quien escuchaba perplejo el relato de mi encuentro en Queens. –Sepa usted que es el fin de nuestra sociedad, la cual termina por completo mañana, cuando transfiera la cantidad a la cuenta que le indiqué. Buenas noches.

Corté en medio de la suplica en el otro extremo, me encontraba realmente molesta.
-Maldito hijo de puta, malditos tus compinches hábiles y salvajes, maldita mujer desnuda, con la sangre ahora muerta que nunca alcancé a probar.-
La furia desapareció bajo el chorro de agua caliente: un placer que reservo para momentos como éste, ya que mi piel no puede ensuciarse ni absorber liquido alguno. El suave vapor le da cierto tinte cálido a mis labios, mi cuerpo brilla al salir del baño con una tenue luz iridiscente, a causa de mi antigua piel morena de mortal, aunque pálida sin remedio doscientos años después.

En la ventana, un cambio ejerce un gran poder sobre mis hombros cansados. El amanecer que se acerca en el extremo de los edificios colorea el cielo de hermosos tonos azules, diversas aves emprenden el vuelo, mientras la vida comienza lentamente en toda la cuadra. Frente a mí hay una mujer observándome desde un apartamento justo cruzando la calle, ceñida en un bello camisón color verde; me sorprende no haber captado su mirada, lo cual atribuí a las drogas mortales en mi sangre, que me causaban pequeños espasmos de felicidad falsa. Me colé rápidamente a mi cripta en el sótano: apenas un simple ataúd de ébano, vestido al interior con terciopelo rojo. Las primeras luces del día comenzaban afuera, mientras caía en las sombras de mis sueños.

El ruido sordo del teléfono me despertó nuevamente en cuanto oscureció en el horizonte. Debe haber sonado durante largas horas, al juzgar la voz desesperada que negociaba el encuentro de esta noche (por mucho, distinto al incidente en Maspeth). La mujer me indicó las necesidades de mi acompañante, y pacte su llegada cerca de 90 minutos después. El tiempo perfecto para alimentarme.

Calcé unos sucios zapatos deportivos, vistiéndome aprisa: unos vaqueros viejos y una sencilla sudadera, a la cual subí la capucha. Salí nuevamente por las escaleras de emergencia hacia el callejón; dirigí los pasos hacia un cercano muelle sobre East River.

Green Street desembocaba en sucio vertedero de autos y desechos industriales. Es un páramo vació y frió, bordeado por las inmensas calles desiertas a esa hora. Miré el reloj en mi muñeca: contaba aún con una hora antes de mi encuentro.
Oct 23, 2007
4:39 PM
(4 parte)
A lo lejos vislumbré la oportunidad perfecta: un corpulento hombre acosaba a una bella chica de raza negra, la cual no debía tener más de veinticinco años. Agitaba los brazos desesperadamente, clamando por ayuda. Entonces me deslicé rápidamente hasta quedar frente al agresor. Su aliento pestilente delataba la saturación de alcohol en sus venas, noté también su miembro excitado, a causa del terror que había sembrado a la hermosa mujer. Me sentí indignada por los pensamientos que capté en su interior; un ser por completo pervertido, sediento del placer de poseer a esa mujer que en realidad le causaba asco. Era un maldito bastardo agobiado en sus limitadas ideas racistas; odiaba fríamente todo mestizaje, toda cultura extraña, en particular las mujeres asiáticas y de piel oscura.

Pude ver el rostro de las bellas mujeres muertas después de las torturas que infligía a sus menudos cuerpos: vientres desgarrados, la piel de los senos hinchada en profundas heridas, los sollozos sordos que irrumpían en el vertedero. Recordé a Viktor, recordé las mujeres que pendían del techo colgadas como marionetas, con duros garfios perforando su carne; recordé el placer insano y vulgar en su mirada, así como el filo del acero atravesando su carne con pesada dificultad. Luego el fuego que, en cumplimiento a su promesa, me había liberado por fin a una nueva vida.

De vuelta en el vertedero, el hombre intentó propinar un fuerte golpe que a no ser por mi rapidez, seguramente me habría aturdido por horas. Salté como un felino hundiendo mis duras uñas en su pecho, arañando su rostro. Luego asenté una fuerte patada en el mentón, sosteniéndome de sus ropas y girando hábilmente hacia atrás mientras caía frente a él. Su rostro sangraba en profundos cortes a lo largo de su repugnante tez blanca. Lamí desdeñosamente mis dedos, asegurándome que notara mis colmillos. El horror en su semblante me hacia sentir un placer incontrolable, también sentía el pánico de la mujer, que miraba en un extremo tras de mi toda la escena. Acerqué mi boca a su rostro y murmuré: -Justicia-

Mis fuertes dedos se aferraban a su miembro excitado, ejerciendo una inmensurable presión, desgarrando el miembro de su cuerpo chorreante en sangre. La otra mano palpó su pecho, y la introduje formando una punta filosa al disponer las uñas unidas como garras. El corazón aun latía cuando se lo mostré al desdichado ser; por ultimo penetré su cuello, intentando sorber la sangre que aun quedaba en su cuerpo destrozado. La mujer lloraba incontrolablemente, aunque en su interior había un dejo de alivio al encontrarse a salvo y aún con vida.

Tenía las manos ensangrentadas, aferrando los órganos mutilados. Entonces me acerqué a ella y deposité la ofrenda de carne a sus pies. Me miró perpleja sin saber que decir, tomó los miembros y los arropó en su falda, se levantó lentamente y posó la mirada en el suelo, en señal de respeto.

-Gracias,- dijo al final, y se dio la vuelta alejándose en la noche.
Oct 23, 2007
4:40 PM
(5 parte)
Esta vez tuve que entrar por la ventana, de lo contrario pude haber manchado la puerta de entrada. Mi acompañante llegaría en cualquier momento. Lavé mis manos aprisa, corté mi cabello muy pequeño, con un prominente fleco cayendo en punta sobre mi ojo derecho (muy popular en Londres en esos días). Sonó el timbre, y bajé las escaleras mientras vestía un lindo blusón de seda negro. Mi invitado no podía ser mas joven, incluso pensé que se trataba de un error. Tenía cabellos largos y finos color claro, que caían en pequeños rizos detrás de las orejas. Los ojos café intenso, detrás de un armazón delicado sosteniendo los cristales de sus anteojos.

Tenía la cara de un ángel, aunque seguramente no lo sabía al juzgar la descuidada barba que crecía en varios puntos dispersos de su rostro. Se acercaba despacio, tenia una imagen enternecedora ahí parado con sus jeans deslavados, sus manos temblorosas.

Hablé en portugués alabando sus bellos ojos, sus labios carnosos (como mi lengua natal, el portugués siempre asomaba cuando no encuentro palabras adecuadas). El muchacho se sonrojó, pero no entendió usa sola palabra. Como iniciativa, tomé su mano entre la mía, y lo invité a sentir mis formas mostrándole el camino. Me acerqué a su cuello, besando pausadamente mientras sentía los poros abiertos de su piel. Tenía un aroma delicioso, hermosa espalda blanca como leche. Su respiración era pausada, sus brazos fuertes, pero no exagerados.

Gozaba incluso en la frialdad de mis manos, el extraño color en mis ojos, mis labios enrojecidos por la sangre. Dejé que saciara sus deseos sobre mi cuerpo, aunque no podía sentir placer ni pasión. Estuve tentada a beber de su cuello, pero en vez de eso di un pequeño sorbo a su sangre inexperta, lo cual le sumergió inmediatamente en un sueño tranquilo. Pequeñas gotas de mi propia sangre curaban las minúsculas heridas de su carne. Besé sus labios una última vez. Para cuando regrese seguro se habrá ido ya, un poco mareado a causa del hechizo de mis pensamientos, la seducción de la muerte contenida en mí ser.

A lo largo de los años he encontrado formas sencillas de ganar grandes sumas de dinero. Me parecía indigno robarlo, ya que considero maldición suficiente el robar vidas (sin importar que sean consideradas despreciables e innecesarias). Mis habilidades sobrenaturales me permitían desaparecer de una ciudad a otra con singular facilidad. Distintas cuentas en ciudades como Miami, México, Londres y Lisboa me proveían de los recursos para llevar una vida discreta. Constantemente acrecentaba los saldos y en lo demás no tenía mucho por que preocuparme.

Sentía la belleza de la maldad corriendo aún por mis venas y aproveché para deambular por la ciudad. Salir a caminar libremente por la Estación de Times Square y el Paseo de Broadway Ave. Podía sentir la compañía de las vidas desconocidas a mí alrededor, maravillarme en sus ingenios, en sus ideas. Como un insecto que se acerca demasiado a la luz, el resplandor de estos seres me ha colmado de placeres y me ha cegado. Me han maravillado y me han herido hasta sentir, durante sublimes instantes, la vida recorriendo otra vez dentro de mí.

Después de mi divertida travesía por los teatros de variedad me dirigí a pie hacia el famoso Central Park, bastante inseguro a esas horas de la madrugada. Bebí un poco de los muchachos que se drogaban detrás de un prominente árbol. Me agradaba el efecto narcótico en su sangre. Hmmmm, creo que empieza a gustarme demasiado.
Oct 23, 2007
4:40 PM
(6 parte)

Me topé con una fuente sencilla solo unos pasos adelante, y seguí la misma costumbre de doscientos años atrás: mojé un poco mi cuello, y busqué en el agua el reflejo que nunca aparecería. Esta vez había un ser en el otro extremo de la fuente, contemplándome con sus ojos verdes y brillantes.

¿Podrá ser? Corrí a prisa hacia el extremo donde se encontraba aquél hombre: vestía unos pantalones cortos y un blusón de algodón. Sus largos cabellos rubios y finos danzaban libres al viento. Sostenía en sus manos una pequeña libreta forrada de cuero y sonreía. Marcus sonreía desde el extremo opuesto, y su sonrisa era tan cálida que llenó mis ojos de lágrimas. Tenía incluso los dedos de la mano derecha manchados en tinta, como ocurría cuando pasaba largas horas escribiendo con pasión en la libreta que sostenía contra su pecho.

Quedé petrificada en el acto, Marcus extendió su brazo hacia mí, y avanzaba lentamente con sus pies descalzos. Al estar cerca (tanto que pude volver a percibir su aroma) la sonrisa se borró de su rostro, me miró con horror y desapareció en la rapidez de un parpadeo. La ilusión se había ido, dejándome tendida sobre la fría piedra caliza.

-Tienes que ir a casa menina- Emprendí el regreso, sollozando por las calles un dolor tan viejo como esta maldición. Recordaba sus besos, sus caricias; las palabras maravillosas que salían de sus manos. Recordaba también su rostro aterrado muchas noches atrás, la noche en que mis sueños se hicieron añicos. Eran mis primeras noches de inmortal, y regresé de Lisboa en su búsqueda, aun cuando Viktor me había advertido los peligros del viaje.

Deslicé la llave dentro de la cerradura, sintiéndome miserable y desolada.
– ¿Por qué?, ¿Por qué había privado su vida en la furia de mi dolor?-

La culpa me llenó de nuevo como muchas ocasiones durante todos estos años.

- Debes dejar de beber de drogadictos,- una risa escapó amargamente de mi interior – Te hacen ver cosas Gabrielle…-

Di por terminada la discusión interna, decidida a alejar esos pensamientos de mi mente. Faltaban pocas horas para el amanecer, abrí las cortinas y me tendí sobre la cama. La misma mujer me miraba desde las persianas de su ventana, la cual hizo ascender para mostrarme su piel contra el cristal. Sus ardientes pensamientos invitaban a volar mi imaginación perversa.

La mujer pasó una mano detrás de la espalda, retirando el broche del sostén de satín negro. Mostró sus pechos voluptuosos y con una sonrisa abierta me invitó a cubrir la distancia entre nuestros cuerpos. Minutos después estaba frente a su puerta, el aroma inconfundible de la sangre, latiendo lentamente en sus adentros…
Oct 23, 2007
4:41 PM
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