El sabor de la tristeza se está volviendo cada vez más dulce.
En otras epocas la tristeza la disfrazaría con fiestas y desmadre. Ahora solo la siento y la dejo ser en mi; dejo que me consuma su sabor dulce y amargo a la vez. Y hasta estoy empezando a creer que me sienta bien.
Es gracioso e irónico como los momentos de tristeza me llevan a un profundo pozo oscuro donde las cosas superfluas dejan de importar y es cuando soy capaz de ver la vida con mayor claridad, apreciando lo verdaderamente bello. Pareciera que las lágrimas que salen de mis ojos fuesen medicina que los hace más sensibles y les permite ver la realidad, la esencia.
Desde este pozo oscuro la luz es belleza pura y se convierte en el tesoro más preciado.
Y por eso ahora mi tristeza es poesía; es el encuentro con lo hondo de la vida, con lo que está abajo sosteniendo todo lo que se ve por la superficie. Es un viaje solemne a la profundidad de la matriz del mundo o mejor dicho, de la Madre Tierra.
Es el retorno a la fuente del ser, un retorno de alguna manera forzado pero al fin de cuentas necesario, que se da por la pérdida de fe en algo que hay allá arriba, en el mundo material, pero que ayuda a reubicar de donde vienes y de que estas hecho.
Ahora agradezco estos momentos sublimes de encuentro con mi propio ser y quiero tocar el fondo del pozo porque solo así podre impulsarme desde el piso y salir con fuerza a la luz de la superficie.
Y cuando lo logre apreciare mucho más la belleza de la alegría.
De todas formas no llevo prisa porque ahora disfruto este dulce sabor de estar más cerca de mi misma y más lejos de todo lo demás.
In lak ech
Angie