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Pasé por un empedrado. Llegué a un paraíso. Y una cómoda cama fue tendida frente al camino que algunas veces llamaría mi atención. La cama sería después un fantasma de poca monta que sólo hizo reír.
Antes, la carne en su jugo ya había aliviado mi vida. Un requerimiento de agua en recipiente gigante fue incumplido. Tres cuerpos más estaban también satisfechos. Una boca lenta, enferma, retrasaba la salida, pero ésta llegó, en medio de recuerdos vespertinos alusivos a lo nocturno, a la noche anterior, en la que el vodka bailó al ritmo del bebedor. Todo había sucedido conforme a lo planeado. Todos tomaron cuanta diversión fue posible, pero ya era de tarde y sólo nos recuperábamos, rememorábamos, y dábamos cuenta de lo bien que la pasamos.
Como quiera que sea, llegó la hora de la partida. El rojo y el gris tomaron caminos distintos. El gris pasó un empedrado y me llevó a un paraíso.
Ya ahí, me recosté en la cama. Y abrí mis sentidos al exterior. Esto duró poco, sin darme cuenta me quedé un tiempo dormido. Las puertas fueron cerradas.
Pasos lentos sobre hojas secas irrumpieron mi sueño. Con lentitud mi vista recuperó toda la imagen del exterior. Mis oídos rescataron el sonido del viento sobre las hojas y ramas del mundo de árboles que me rodeaban. ¡Que parecido sonido al del mar! Me dije y lo dije. La piel volvió a la sensación de la temperatura real. Francamente, en la condición del momento, no tuve la ocurrencia ni sentí la necesidad de probar al equilibrio. No hay que ponerse en riesgo innecesariamente. Sí, cierto, me podía caer.
Habían sucedido, y seguían sucediendo, dos esfuerzos para captar la mejor imagen del momento. Se tomaron varias impresiones. Sería un burro, a mi parecer, la mejor de ellas. Claro, un burro no representa momento alguno, pero una de todas las fotos, al menos, valía la pena. Vaya, lo recuerdo ahora, ¡que vería el pobre animal para alterarse tanto!, ya luego.
Hace un tiempo escribí: “En contraste, hoy me he imaginado tus labios, y en ellos los míos, y ambos en el universo, como única cosa real. He podido fundirme en tu aroma, regocijarme en él, tomando de ahí todo lo que se requiera para vivir. Pero es tal la sensación que basta me sirva para un día y deba repetir el ejercicio, no por lo que me quede de vida, sí por toda la eternidad.
Y en el acto ha aparecido la figura de tu cuerpo todo, con el calor de su abrazo. Y sé que aprisionarme en él resulta también en delicia. Como siempre lo he dicho, hay que absorber por cada poro cada sensación para llegar a máxima locura; locura de perder el control como el adicto con su droga, como la sanguijuela con la carne.
Es toral, tu presencia hoy sazona las complejidades con lo bello, entregándome conciencia de que a cada cosa debo darme como lo hago contigo, de quien pretendo decir que hoy yo, se dice tú”.
Este pensamiento retorna a mi mente de modo necesario, pues aparece como premonición de esa tarde, en ese paraíso. La imaginación cedió paso a la realidad. Lo magnánimo arrolló lo irrisorio.
La tarde seguía cayendo y amenazaba con atrapar a la vista. Fue entonces que una cama monstruo decidió aparecer. Como lo dije, sólo produjo risa. Simón, léase en inglés, que es un ente aún mas rudo, optó por comerla y aún la conserva en las entrañas. Góoomitos ya le ha dado unas cuantas clases, y con certeza, es cosa prometida, la dejará salir cada vez que sea necesario. Simón será Góoomitos en beneficio de cada ocasión.
Pasé por un empedrado. Llegué a otro bello lugar, más cotidiano, más regular. En él suceden una gran infinidad de situaciones, y a muchas de ellas se presta poca atención. Yo, sin embargo, prefiero una que es destacable por sobreponerse y distinguirse con precisión de las demás: “Perversa Espora Reformable Reflexión Automática”. Sí, así se expresa.
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Hace un buen q no tengo
noticias suyas¡
Espero verlo pronto e ir
por unos tragos¡
Saludos, buen amigo¡